domingo, 13 de mayo de 2012

Anatomía, Tomo 4: Ojos.

Viajabas siempre sola. 
Nunca te pregunté la razón, tampoco.

Ibas casi siempre parada.
Entonces, te ponías con tu mirada en dirección a una ventanilla, preferentemente la del costado izquierdo, y dejabas a tus ojos ser. A veces tenías la mirada tan perdida que pensé que algo grave te había pasado; hasta hacía movimientos ruidosos y bruscos para llamar tu atención y despertarte de ese sopor en el que te veías sumergida.

Otras veces, mirabas con más atención el paisaje de los barrios por los cuales pasaba el colectivo.
Pero siempre, siempre tristes. No iba a exigirte que estés sonriendo todo el viaje, como si fueras una aeromoza. Pero el punto es que tus ojos siempre estaban tristes.
Era casi como si tuvieran comisuras, al igual que tu boca, y estuvieran tristes porque les entregaron alguna mala noticia. Ahora mis ojos están cansados de no dormir y entienden a los tuyos.


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