sábado, 5 de mayo de 2012

Anatomía, Tomo 1: Manos.

Las manos...

Sus manos estaban aferradas al asiento para no caerse. Mientras la miraba, reflexionaba sobre la deliciosa contradicción de su suave y ágil mano haciendo una fuerza importante, pues convengamos que el colectivo venía bastante rápido. Su otra mano, libre, iba posada sobre la mano que hacía fuerza, la que resistía.
En un momento se dió vuelta y aproveché para apreciar el resto de su figura. Si, lo imaginaba. Su cintura tenia la forma de un jarrón con curvas elegantes, pero no muy pronunciadas.
Me pregunté: Cuantos brazos descansaron allí?

Habrá habido alguien más que la haya deseado tal como yo en este instante?

Es algo posible, pero lo dudo.

Su cara estaba sacada directamente del renacentismo, un resultado entre una conjunción de ojos avellana con labios tristes.

Decidí mirarla a los ojos, desvergonzadamente.

Por un segundo, se cruzaron nuestros ojos,  chocaron nuestras pupilas y se, yo se que por ese par de segundos, me amó. Fue un intercambio de amor que no encesitó palabras, ni besos, ni abrazos. Hicimos el amor pero no de una manera sexual. Hicimos del verbo creamos. Creamos una conexión que toda la ciudad envidió. Por esos segundos, paró de llover, dejó de hacer frío y cesó la tristeza. Volví de nuevo la vista a mi lugar habitual: su mano.

Empecé a pensar en lo cómoda que se vería enlazada a mi mano, cuando de repente, soltó el asiento y se bajó de colectivo.

Por exactamente un minuto, me sentí completamente vacío. Que haría ahora sin su mano? Se que era un especie de amor cuasi-platónico, pero aún así. Habría seguido a esa mano adonde fuera. Adonde hubiera señalado, ahí me habría dirigido.

Oh, no importa.

Nos vemos mañana, a la misma hora, en el mismo camino. Tenemos que seguir compartiendo este trayecto, queramos o no.

Hasta mañana, querida.

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