martes, 19 de marzo de 2013

Paula y Mariano (cuento).


Se acercó a la cama, la miró y suspiró cansadamente. ‘’ ¿Faltará mucho?’’ se preguntó. Los doctores le habían dicho que no sabían bien.
Fue hacia la ventana, corrió las persianas y observó a los negocios que estaban enfrente del hospital. Desde el segundo piso, se veía un local que vendía ropa, en el que trabajaba su hermana. Se quedó, quieto, mirando durante unos segundos, viendo si en una de esas la Yeny salía a regar, o a barrer, o a tomar aire, pero no salió. De repente escuchó que se abría la puerta, giró sobre si mismo y vio al doctor Arranzábal entrar.

 - Hola, Mariano, buen día.
 - Buen día, doctor.
 - Comiste hoy?
 - No, aún no. Pero hoy viene mi mamá a traerme un tapercito con polenta, en un rato segurito que llega.
 - Seguro? Puedo conseguirte algo si querés, eh.
 - No, igual muchas gracias, doctor, muchísimas gracias.

Arranzábal se acercó a la cama y la tapó.

 - Sabés, Mariano, hoy vamos a llevar a Paula al piso de abajo a que le hagan unos estudios. Te lo digo por si salís a caminar y volvés y ella no está acá.
 - No, no se preocupe, doctor, gracias por avisar.

El doctor sabía que era en vano avisarle. Nunca lo vio despegarse de Paula, ni siquiera un segundo. Dormía en los pasillos, y en una silla junto a la cama cuando lo dejaban. Mariano le había dicho que no tenía nada más que hacer.

 - Saldría a cartonear, doctor, pero el José me dijo que no me haga problema, que el va a hacer un esfuercito por mi y por Paulita. Es de fierro mi hermanito, yo lo quiero mucho, sabe?

El doctor anotó unas cosas más en la libreta y la guardó en el bolsillo.

 - En un rato viene la enfermera. Nos vemos después. Que estés bien, Mariano.
 - Gracias doctor, muchas gracias por venir. Hasta luego. Mandele un saludo a su señora, dígale que las milanesitas que me trajo la otra vez estaban re ricas.

Arranzábal sonrió.
 - La va a poner contenta escuchar eso. Hasta luego.

Mariano volvió su atención a Paula. La acariciaba, le daba besos suaves en la frente y a veces, le cantaba. Ya llevaban dos semanas en ese lugar y los médicos seguían sin saber que hacer para sacar a la joven chica del coma.

 - Sabés una cosa, Pau? Cuando vos te mejores, vamos a empezar a hacer las cosas bien. Voy a empezar a ahorrar, de a un pesito, de a poco, para comprarme útiles, y cosas así, y voy a terminar la primaria. Y después voy a terminar la secundaria, y voy a poder conseguir un trabajo más copado, para vivir mejor. No es que no me guste la villa, che, ahí tenemos a la familia y a los amigos. El Maxi, Doña Niní, la Marité, tu mamá, mis viejos. Pero tenemos que irnos a otro lado, tenemos que vivir en un lugar mejor. Yo ya lo pensé todo: Trabajamos lo que se pueda, ahorramos, yo estudio, consigo un trabajo, y vamos a un lugarcito para nosotros, para no molestar a mi mamá. Yo se que ya te lo dije, pero quiero que tengamos un hijito, también. Te imaginás un Marianito? Va a ser re lindo, re lindo como vos, que sos lo más lindo que hay, piba. Va a ir a la escuela y le va a ir re bien, porque va a ser inteligente, vas a ver que va a salir abanderado y todo. Lo voy a llevar a la plazita, y vamos a jugar a la pelota, y cuando sea grande se va a ir a probar a River y va a quedar, y va a tener una vida mucho mejor que la nuestra, Pau. Nos va a tener a nosotros juntos, no como el Maxi, que los padres no lo quieren y tuvo que lucharla mucho para poder salir adelante, si lo trataban como un perro, pobre Maxi. Y vamos a poder comer pizzas todos los sábados, con gaseosa, y va ser todo lindo. Todo va a mejorar. Yo se que vos me escuchás, Pau, yo no le creo al doctor en eso, yo se que vos me escuchás. Estás muy cansada, nada más, por eso no podés sonreir ni hablar ni moverte, pero yo se que vos me escuchás.

La miró un poco más, deslizando sus ojos sobre las sábanas que tapaban su cuerpo, y se levantó de la silla. Se sacó el pulover un poco sucio y lo dejó colgando sobre el respaldo. El nunca se había enamorado antes. Siempre trató a sus amigos de casados, de dominados, de maricones cada vez que los veía salir con sus novias, pero todo eso cambió cuando la conoció a Paula. Había salido a un boliche con su grupo de amigos, se autollamaban ‘’La barra de los 5’’, en referencia a la cantidad de personas. Eran conocidos porque solían juntarse en las veredas a tomar cerveza y les gustaba romper vidrios de depósitos. No eran muy dañinos, pero eran constantes en cuanto a su reputación. Todos sabían que eran ellos, pero nunca los habían agarrado en el acto mismo, así que pruebas nunca hubo contra ellos. Ese día la barra había salido a el boliche ‘’El 14’’. Paula y sus amigas también. Bailando se vieron. Y por primera vez en su vida, Mariano se determinó a estar con esa chica, cueste lo que cueste. Si una chica lo rechazaba,  el la dejaba y buscaba a otra. Había muchas chicas siempre en los bailes. Pero no. No con la morocha. Caminó hacia ella y la sacó a bailar. Bailaron, y bailaron, y tomaron, y tomaron, salieron al patio del boliche y no pudieron hacer otra cosa que besarse. Ninguno tuvo que esforzarse en nada; simplemente sucedió. La forma más apropiada de contar lo que sintieron es compararlo con un golpe. Los golpes primero producen sorpresa, enojo. Después transcurre un segundo en el cual no se siente nada. Como una pequeña espera, una sensación de anticipación. No te duele en el momento, pero sabés que en el momento siguiente el dolor llega. Al próximo segundo, el dolor ataca a la zona golpeada con toda contundencia. Y así fue su primer encuentro. Un dolor. Pero uno lindo. Se vieron, y se sintieron desconcertados. Pero al segundo próximo, supieron, ellos simplemente se sintieron juntos, sin excusas. Se dieron mutuamente sus números y los días transcurrían en mensajes de texto, llamadas esporádicas que ocurrían mientras Pau descansaba entre cliente y cliente en el kiosko y palabras lindas que se decían. Y así acumularon dos años juntos. Mariano había dejado la falopa; Pau no tomaba hasta el vómito cuando salía. Se cuidaban mutuamente.

- Yo soy tu angelito de la guarda.
 - ¿Ah, si?
 - Si. Yo te voy a cuidar de todo, nunca te va a pasar nada malo.
 - Eso es imposible, Marian. Igual gracias por decirlo – dijo mientras se acurrucaba en su pecho –
 - No tenés que agradecer. ¿Como no voy a querer cuidar a la persona más linda del mundo?
 - Ay, si saliste de una película, vos. Sos como los galancitos de la tele, guachín. – le dio un beso bien fuerte, y volvió a la comodidad del pecho de Mariano –
 - Y, cuando uno es perfecto, es perfecto, viste. – dijo mientras se ponía unas gafas y miraba al horizonte con mirada sarcástica, emulando a los galanes sin remeras de las telenovelas mexicanas que Doña Niní miraba.
 - Paula rió fuerte – Sos un bobo. Te amo mucho.
 - Yo te amo a vos, Pau. Más que a nada en el mundo.

Mariano miró por la ventana de la sala del hospital de nuevo y se quedó mirando la fuente. Solía distraerse con eso, mirando el agua correr, salir de la pequeña estatua  con delicadeza y repetirse. Aún no lograba comprender como lograban ese efecto. En una mesita de luz, todas las revistas apiladas que nunca pudo leer porque no sabía cómo.

De repente, escuchó que la máquina a la cual su novia estaba conectada había comenzado a hacer unos sonidos que el reconocía de las películas donde la gente se enferma y se muere. Aterrorizado, salió disparado de la silla a los gritos, llamando a las enfermeras y el doctor. Era la tercer vez en la semana que esto sucedía. Las enfermeras llegaron inmediatamente, pero fue en vano. Paula ya no era Paula. Esta vez había sido la vencida, y su cuerpo no aguantó más.

Mariano se sentó con la cabeza entre las piernas, mientras lágrimas salían de sus ojos, escapándose, furiosas. Infinitas eran las lágrimas, tantas había que pensó que nunca iba a dejar de llorar. El doctor Arranzábal se sentó a su lado, y cubrió la espalda del chico con su brazo izquierdo.

 - Hicimos lo que pudimos, Mariano. Lo lamento mucho.
 - No fue su culpa, doctor. La culpa fue del hijo de puta que la chocó y se fue. La culpa de todo esto es de ese cagón de mierda.
 - Quiero que sepas que estoy para lo que necesites, y para lo que pueda ayudarte. Lo que sea.
 - Nadie me va a poder ayudar, doctor.
 - ¿Por qué lo decís?
 - ¿Lo pregunta en serio? ¿Piensa que me van a prestar atención, a mi? A un pobre, un analfabeto. A un nadie. Y menos considerando quien fue el que la chocó. Mucho menos, doctor.
 - ¿Por qué? ¿Quien fue?
 - Fue el hijo de Virnetta. El hijo del juez Virnetta.

El doctor suspiró, frunció el ceño y miró el suelo.
Los dos sabían que no había futuro en la demanda que puedan hacer.
El doctor pensó en la vida. Pensó en la cantidad de gente a la que le dio vida, y a la otra cantidad a la cual no pudo contribuir.

Mariano pensó en como se iba a ver la casa sin Paula. Sin su risa, sin sus enojos, sin sus historias sobre los clientes del kiosko, sin los besos en la cama, sin mirarse a los ojos un rato largo.
El doctor se dio cuenta que la sociedad había llegado a un punto en el que la justicia es muy difícil de lograr. Que ya cualquier crimen es excarcelable. Que gente evade sus condenas como si fueran bolas de nieve tiradas por niños pequeños sin fuerzas después de haber corrido un largo rato. Sin esfuerzos. Que los sectores acaudalados de la ciudad habían logrado una especie de inmunidad que los protegía de los males que pudieran hacerles, y que podían hacer males ellos mismos sin consecuencias graves. Se dio cuenta que esta inmunidad raramente fallaba.

Mariano pensó en como iba a ser el primer día sin Paula. Despertarse y no compartir el mate con ella. No darle un beso antes de verla caminar con su jean apretado y su remera rosa hacia el kiosko, a cinco cuadras de casa. No mirar esos compilados de cinco películas en un solo cd, sentados en las sillas de plástico que habían encontrado una vez a la entrada de la villa. No nada. Solo recordar.

Los dos se dieron cuenta.

Y juntos, uno al lado del otro, sumergieron sus cabezas entre sus rodillas y lloraron.

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